martes, 11 de julio de 2017

La propagación de la marcha nórdica

Hace mucho tiempo que me dí cuenta de que la marcha nórdica, como todas las cosas buenas de este mundo, se propaga por "evangelismo".  Me explico:  una persona que cree en ella, la practica y la predica, va sembrando semillas que, como dice la parábola del sembrador en el evangelio de San Marcos, parte cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga. 

El evangelismo es contagioso.  Cuando mi prédica de un curso de iniciación cae en "buena tierra", el neófito acaba convirtiéndose en un nuevo evangelista (¿recordáis? cree, practica y predica), entrando a formar parte de esta pirámide positiva que lleva la bendición de este deporte a un número cada vez mayor de beneficiarios.

Bueno, pues esto es lo que ha pasado en el Real Club de Regatas de Cartagena, a dónde una de mis alumnas, buena evangelista, me pidió que fuese a dar una charla el pasado mes de enero.  Luego vinieron muchos más a hacer el curso y, poco a poco, se ha ido formando un grupo que ha llevado a la directiva del RCRC a programar una serie de salidas durante estos meses estivales de tan baja actividad, lo cual es muy de agradecer.  En la foto de la izquierda os lo copio, por si alguien se anima a seguirles en alguna de las salidas, todas urbanas y sencillas, huyendo de las horas centrales del día.

Todos los que habéis asistido a mis cursos sabéis que no soy muy partidario de organizar quedadas, y no porque piense que no son buenas ¡todo lo contrario!  Pero procuro evitar que haya una dependencia entre el practicante de este deporte y el instructor que lo formó, más allá del seguimiento y consejo, para el que siempre estoy a vuestra disposición.  La experiencia me ha demostrado que el crear un vínculo demasiado palpable hace que cuando no está disponible el "activador" del grupo, la gente no salga.  Puede que a otros les haya ido mejor esta experiencia, pero a mí me ha ido fatal.  Pero entiendo el valor impulsor de las quedadas y me alegra enormemente, aplaudo y apoyo, hasta dónde puedo, estas iniciativas que van surgiendo con el fomento de la práctica de este deporte... así que mañana estaré allí, a la hora indicada, con mi música, para acompañarles y animarles.

Y los que no vayáis, no dejéis de sacar los bastones del paragüero... tempranito, o a última hora, que hace mucho calor. 


 

lunes, 3 de julio de 2017

LA ALTURA DE LOS BASTONES DE MARCHA NÓRDICA

De tiempo en tiempo, resurge la polémica sobre la altura de los bastones de marcha nórdica en alguno de los numerosos foros de nuestras redes sociales. En el último dónde vi esta diatriba, alguien la asimiló a las famosas discusiones sobre el sexo de los ángeles, y a fe mía que no le falta razón. Podríamos discutir durante semanas, sin llegar a un acuerdo y, lo que es peor, posiblemente todos tendríamos razón, … o no.

Hablando por experiencia personal, a lo largo de mis 10 años con bastones, yo los he llevado de todas las medidas, y hoy, que creo que tengo las cosas de la marcha nórdica relativamente claras, sigo cambiando la longitud de los bastones, día a día.

En mis cursos de iniciación, siempre empezamos poniendo los bastones a la altura del ombligo, más que nada por dar una justificación a tan decorativo e inútil adorno ventral. Chanzas a parte (que por cierto, nunca están de más en un curso de 270 minutos macizos), creo que esta longitud es una buena referencia inicial para comenzar a utilizar los bastones. Una longitud más bien corta, como ésta, facilita el aprendizaje de la técnica, favoreciendo la amplitud de movimientos de una práctica de marcha nórdica cuyo objetivo sea utilizar el mayor número posible de articulaciones y músculos. En definitiva, mejorar o mantener la salud.

A lo largo de la sesión de iniciación, algunos alumnos manifiestan su sensación de llevar los bastones “demasiado largos”, o “cortos”, lo que siempre me viene al pelo para recordarles que la altura elegida no es más que una referencia inicial, que cada uno debe acoplar a su antropometría (dependerá mucho de su envergadura, longitud de piernas y movilidad pélvica) y a la finalidad que busque en cada sesión de marcha nórdica (básicamente, salud o velocidad). Así que continuamente les animo a que experimenten con pequeñas variaciones en la altura de los bastones, para que comprueben la diferencia y la conveniencia de utilizar unas u otras, en función de sus características y de los fines que en cada momento persigan.

Procuro siempre acabar mis clases con todos mis alumnos alargando los bastones 10 cm, para que todos experimenten las diferentes sensaciones que nos proporcionan las distintas alturas y, sobre todo, para reforzar la idea de que deben probar para poder tener elementos de juicio que les permitan quedarse con lo mejor para cada uno, y siempre en función que lo que quieran conseguir.

También les advierto que, con el perfeccionamiento de la técnica, los bastones se les irán “quedando cortos”. Unos bastones más bien cortos (altura del ombligo) facilitan la continuación de la acción sobre el bastón por detrás de la cadera, esa frontera entre una técnica básica y un nordimarchador que merezca tal nombre, nada fácil de alcanzar en los primeros meses de práctica. Sin embargo, cuando el esforzado y perfeccionista nordimarchador, a base de esfuerzo y constancia, consigue terminar su fase de empuje sobre el bastón con la mano bien por detrás de la cadera, con brazo y antebrazo en prolongación del bastón, es cuando debe plantearse la posibilidad de darle un par de centímetros más a sus bastones, … y vuelta a retomar su porfía por pasar de la cadera con esta nueva medida. Y así, sucesivamente.

Yo empecé con unos bastones de 100 cm, y creo que he llegado a mi límite con los que ahora uso, de 120 cm. Ha sido una pugna continua, centímetro a centímetro, en la que siempre he puesto como condición la de no dejar de disfrutar con mis bastones por este afán de perfeccionamiento técnico, cosa que también encarezco a mis alumnos. Y esto en mi práctica habitual, cotidiana, pues para las competiciones, en las que la velocidad (desgraciadamente) prima sobre la técnica, y es necesario obtener el máximo resultado de la ecuación amplitud – frecuencia, la longitud de mis bastones va de los 125 a los 130 cm.

Por toda esta experiencia y razones, desaconsejo a los nuevos practicantes de marcha nórdica la adquisición de bastones de longitud fija. Es más, les aconsejo que siempre usen bastones ajustables en longitud. Les permitirán en cada momento perseguir objetivos diferentes y adaptarlos a su progresión técnica y, en mi experiencia, no he notado la tan manida desventaja en cuanto a vibraciones sobre los bastones de un sólo tramo … si acaso, lo contrario.


Pero, tengan la longitud que tengan, no me los abandonéis en el paragüero, porfa.

domingo, 2 de julio de 2017

EL PARAGÜERO: PARAGUAS, BASTONES Y ACTIVIDAD FÍSICA

Hoy he acudido a mi paragüero por una razón diferente de la que me lleva a él todos los días. Hoy, por uno de esos caprichos de la meteorología, he tenido que devolver a su sitio un paraguas que ayer saqué para resguardarme de un extraño, pero siempre bienvenido, chaparrón que cayó sobre esta sedienta tierra mía. Y, me he parado un momento, mientras plegaba el paraguas, a observar el matrimonio de conveniencia entre paraguas y bastones y, como siempre, me he puesto a pensar… ¿será este el sitio adecuado para mis bastones? ¿Es esta coincidencia en el espacio una casualidad, o más bien una comunidad de destino?

La tranquilidad de esta mañana de domingo canicular me ha invitado a estas reflexiones y me ha traído hasta el ordenador, dónde ahora escribo este pequeño “castigo” para los que todavía tienen el valor y la paciencia de leer mi blog. Le he echado al paragüero la foto de la derecha, por responder a las “inquietudes” que algunos me habéis manifestado en nuestros encuentros con bastones por esos mundos de Dios. No deja de asombrarme la “fama” que esta humilde y, por lo común, descuidada pieza de obligado mobiliario, ha adquirido entre mis colegas nordimarchadores. Por eso creo de rigor, por respeto a ella y a vosotros, rendirle hoy este pequeño homenaje.

La proximidad de este mueble a la puerta de salida hacia nuestro “campo de entrenamiento”, la calle, podría ser causa primera y justificación suficiente para su elección como depósito temporal (¡no se os olvide!) de nuestros bastones de marcha nórdica. Pero yo creo que no es éste el único motivo, ni que sea casual este “hermanamiento” entre paraguas y bastones. De hecho, la definición de la RAE ya reza: “Mueble dispuesto para colocar los paraguas y los bastones”. Y no sólo porque ambos sirvan, en algún momento de nuestras vidas, de apoyo en nuestro caminar, que ya de por sí sería una coincidencia importante, sino porque, además, de la misma forma que los paraguas nos protegen de un fenómeno tan natural como la lluvia, los bastones nos protegen de otro no menos natural, como el paso de los años y sus efectos sobre nuestras capacidades y actividad física.

A lo largo de casi medio siglo, mi ejercicio físico cotidiano ha estado centrado en la carrera continua. A pesar de los muchos deportes que he practicado a lo largo de mi vida, correr ha sido el ejercicio de continuidad que me ha permitido mantenerme en unas condiciones aceptables. Hasta hace cinco años, lloviese o tronase, con frío o calor, de día o de noche, mis tres sesiones mínimas semanales de media hora o más corriendo han sido casi una religión que, por cierto, creo que ha rendido un excelente servicio a mi estado de salud actual.

Pero, ¡amigo! Los años pasan… las facultades físicas merman. La mente sigue teniendo veinte años; el corazón está entrenado y sigue yendo a por todas, pero nuestras articulaciones cumplen cada año uno más. Nos empeñamos en seguir compitiendo contra nosotros mismos, tanto en volumen como en intensidad, sin pensar que ese “uno mismo” contra el que competimos es el uno mismo de antaño, no el de ahora.

Si, en lugar de colgarnos pulsómetros, medidores de consumo de calorías y otra quincalla, nos preocupásemos un poquito más de conocer nuestro cuerpo, de prestar atención a las señales que continuamente nos manda (dolor, cansancio, sensaciones), y de no enmascararlas (vendajes compresivos, antiinflamatorios, analgésicos), posiblemente seríamos capaces de razonar y racionalizar nuestro ejercicio y las pruebas a las que en cada momento de nuestra existencia sometemos a nuestro maltratado cuerpo que, no lo olvidemos, es uno solo para toda la vida.

Cuando uno corre habitualmente, y más si corre por todo tipo de terrenos, uno tropieza, y a veces se cae. Esto es natural y le pasa a todos, creo yo. Pero hace cinco años, pasé de tropezar y caerme una vez cada dos años, a caerme corriendo cada dos meses. Y es que, al envejecimiento de las articulaciones, hay que añadir el de los reflejos. Y los tiempos de cicatrización y recuperación son cada vez más largos y complicados. Y si a esto le unimos la mayor incidencia de esguinces, tendinitis y otras lesiones típicas de corredores, podréis entender que yo decidiese buscar una alternativa a mi “deporte base”.

Gracias a Dios, yo llevaba ya en aquellos tiempos unos buenos cinco años practicando marcha nórdica, de manera que decidí dejar de correr y fiar toda mi preparación física a este maravilloso deporte. Y, ¡oh, maravilla de las maravillas! Mira por dónde, se acabaron las caídas… y los esguinces, y las tendinitis, y los dolores articulares,… Mi vida cambió para mejor, en un momento en el que todo el mundo te previene del empeoramiento natural que viene con los años. Y es que, cuando una puerta se cierra, siempre se abre otra; cumple estar atento a las señales que la vida nos envía y ser capaz de renunciar y adaptarnos a nuestras nuevas capacidades … para seguir disfrutando.

Y todo eso gracias a la protección de esos bastones que comparten espacio natural con esos otros elementos protectores de fenómenos naturales: los paraguas. Luego, parece que el sitio no está mal elegido, ¿verdad? Quizá deberíamos, simplemente, cambiarle el nombre, algo así como “depósito-temporal-de-elementos-protectores-contra-fenómenos-naturales”, o DTDEPCFN, … pero tanto el nombre como la sigla son complicados; paragüero es un nombre bonito, de castellanas resonancias, con esa elegante diéresis que inevitablemente acabará siendo víctima de la globalización. Un objeto que, simplemente, ha visto enriquecido su histórico oficio con el de acoger unos nuevos elementos, los bastones de marcha nórdica, que comparten con paraguas y bastones clásicos el noble fin de ayudarnos a protegernos contra fenómenos naturales o, más simplemente, a mejorar nuestras vidas.


Pero no olvidéis que el paragüero es un depósito temporal. Para que su contenido mejore nuestras vidas, hay que sacarlo a pasear, todos los días (me refiero a los bastones de marcha nórdica… los paraguas, sólo cuando sea necesario).